Llegar a La Habana y deslumbrarse con sus luces nocturnas, altos y multicolores edificios, el imponente capitolio, su catedral, el malecón, el Cristo y la bahía, es algo común para quienes la visitan, incluso los que viven en ella.
Pero llegar un pinareño a la capital de todos los cubanos y formar parte de ella, de su gente y de sus costumbres, es otra cosa.
Es un reto al que muchos nos enfrentamos desde el justo momento que decidimos llegar a esta ciudad, donde no se duerme y, aun así, al otro día se emprende una nueva jornada, como si la noche y el día fueran una sola.
Para que un pinareño llegue a La Habana cuesta, y no hablo de dinero; hablo de energías, de fuerza, de suspicacia e inteligencia.
Actuar como un habanero es otro desafío: hay que dejar atrás la inhibición, la pereza, hay que aprender a moverse entre grandes multitudes y, sobre todo, demostrar que a pesar de llevar siempre el aroma del campo, también se puede oler a metrópoli.
Hay que crearse una propia fórmula: una que sume y multiplique los deseos de encajar en un mundo nuevo, una que permita cumplir los propósitos, sin dejar de ser un pueblerino.
Al principio se siente que desfalleces, que no podrás, que te arrepientes, más, el susto es solo al principio y pasa -casi siempre- porque no es fácil lograr una metamorfosis citadina.
Al cabo del tiempo nos damos cuenta que casi eres un habanero y, digo casi, porque nunca dejarás atrás al parque de tu pueblo, a tu gente con sombrero, al olor a tierra mojada o a las campanadas de la iglesia donde te bautizaron.
Y te sorprendes al saber que no solo a ti te deslumbraron las luces nocturnas, los altos y multicolores edificios, el imponente Capitolio, la Catedral, el malecón, el Cristo y la bahía porque a quienes nacieron en La Habana también le brillan los ojos cuando contemplan la gran ciudad de todos los cubanos, esa que en breve celebrará sus 500 años.
Lindo