¡Basta!, no como una súplica, si no como la más firme exigencia

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Un joven que abuchea a la novia en plena calle; el cuerpo semidesnudo de una rubia en la portada del disco Éxitos del reguetón 2018, la historia de la vecina violada, la confesión de la amiga manipulada y subvalorada por el novio tan simpático que conoció el otro día, el trauma psicológico en aquella que ha sufrido los golpes del esposo y el abuso sexual del padrastro…

Esa es la violencia de género. Está ahí, latiendo en casi todos los espacios que habitamos, dejando secuelas indelebles, aunque algunas logren sobreponerse a los daños.

No siempre se ve, pero se percibe aguda. La agresividad machista, ejercida casi siempre contra las mujeres y las niñas, afecta a millones de seres humanos en el mundo y Cuba no se encuentra exenta.

Miedo, desolación, inseguridad, vergüenza… Moretones que denotan el maltrato, excusas para justificar la agresión… Daño físico, pero también psicológico.

Huellas que traspasan la piel y se quedan clavadas en el alma. Así transcurre la vida de muchas mujeres que hoy son víctimas de la violencia.

Expertos aseguran que dentro de esas manifestaciones se incluyen -además de los golpes físicos- los comentarios o insinuaciones no deseadas, y en general, las acciones agresivas, que, mediante el uso de la fuerza física, psíquica o moral, reducen a una persona a condiciones de inferioridad para imponer una conducta en contra de su voluntad.

Lo triste es que este fenómeno muestra cifras en aumento, cada año. Un estudio de la Organización de Naciones Unidas (ONU), concluyó que “…Al menos una de cada tres mujeres en el mundo ha sido golpeada, forzada a mantener relaciones sexuales o ha sido víctima de otros abusos durante su vida, y, por lo general, quien la ha maltratado ha sido alguien conocido…”.

Por ello, hoy es necesario aunar esfuerzos, transformar imaginarios colectivos y aumentar la conciencia pública para permitir a las víctimas de violencia, buscar justicia y apoyo.

Desarraigar conceptos ancestrales y modelos de conductas patriarcales, que aún en pleno siglo XXI tienen expresión en culturas, tradiciones e idiosincrasia de naciones, pueblos o aldeas, constituye un reto enorme.

En nuestro país, por ejemplo, existen instituciones como la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia, que ofrecen consejos y apoyo a quienes llegan hasta ellas en busca de ayuda.

También sobresale el trabajo del Grupo de Reflexión y Solidaridad, Oscar Arnulfo Romero, promotor de las campañas cubanas contra la violencia de género, y de acciones de superación que permiten elevar la cultura popular acerca de este tema tan sensible.

No obstante, no es suficiente. De nuestra parte queda la responsabilidad de rebatir comentarios machistas, reaccionar cuando un hombre maltrata a una mujer o le grita piropos insultantes en la calle, discutir cuando alguien culpabiliza a la víctima de una violación.

Debemos continuar dialogando con hombres y mujeres sobre igualdad y feminismo, sobre la lucha por la misma oportunidad de sentirse sensible y vulnerable. Nadie es capaz de probar su valor hasta que no se lo propone.

Juntos podemos decir ¡Basta!, no como una súplica, sino como la más firme exigencia.