Ruinas de la esclavitud en Pinar del Río en el siglo XIX
El Carmelo, un cafetal como fachada y la trata de esclavos
Enrique Ramos Lago es un campesino que nació en Pan de Azúcar, Minas de Matahambre, Pinar del Río, Cuba. La Finca Integral donde vive, tiene un patio como un libro. Se puede estudiar un período de la esclavitud en Cuba desde las ruinas de un supuesto negocio.
Hace 165 años hubo un cafetal donde al parecer, trabajaban negros esclavos traídos de África y un cementerio. No se sabía cuánto vivirían, pero sí que morirían tempranamente. De ahí que la construcción de un camposanto era prioridad.
El dueño Francisco Marty y Torrens fue un catalán que se dedicó en Cuba a varios negocios, entre ellos, la trata de esclavos. Se dice que fue “uno de los mayores contrabandistas del occidente cubano en 1855”.

Del embarcadero al almacén y de ahí a la venta
Los africanos eran almacenados como mercancías. Llegaban al embarcadero de Malas Aguas de ahí al cafetal El Carmelo, que era la fachada de un ilícito negocio, y después los vendía como fuerza de trabajo, según investigaciones de la época.
Enrique relata que” los esclavos morían tempranamente o bien del trabajo forzado o de enfermedades como la Sífilis” infección bacteriana de transmisión sexual. Afirma, “que el último descendiente de esclavos falleció hace como diez años, Benigno Rivera era su nombre y tenía casi cien años.
Por los alrededores de la casa de Caridad y Enrique hay muchos pedruscos. Son parte de la dureza de aquellos tiempos. A veces es obligatorio caminar sobre ellos. El terreno ha sido fulminado por el derrumbe de majestuosas paredes de piedra.

La fuerza de los hombres
Caminamos hacia el cementerio, franqueamos hermosos paisajes. Tierras cultivadas de tomate, frijol, yuca, boniato y café parecen obra de artistas consagrados. El historiador de mi viaje, el campesino Enrique tiene 80 años y su vitalidad merece mucha existencia.
En el cafetal todavía queda alguna que otra mata del arbusto con la huella de los sembradores negros. El follaje del lugar permite que árboles centenarios reluzcan, como el Mamey colorado y el de Santo Domingo.
“Ya llegamos”, el cementerio es prominente, aún se escucha el silencio que deja la muerte cuando los enterradores viran la espalda. Los árboles casi no se mueven. Se nota la huella de algún ultraje. Enrique me dice que “sí”. Aquí vinieron muchos a excavar para encontrar quien sabe qué y no eran espeleólogos”, acentúa. Me impresiona que las piedras se levantan como si la fuerza de los hombres volviera sobre la tierra.

Casi dentro del cementerio, al lado derecho, está el crematorio. Las piedras, unas encimas de las otras, hacen un círculo para que el fuego no se propague por el bosque, imagino. Ahí los tiraban y se esfumaban en el intenso ardor de las brasas. “muchas veces los quemaban casi vivos, era una masacre”, me dice Enrique. Siento que casi no escucho. La escena es tan cruel como lo que sucedía.
El simpático campesino, mi guía, suele contar detalles que ha escuchado a través de los años a espeleólogos e investigadores que han llegado hasta Pan de Azúcar en busca de vestigios que hablan de una ruta del esclavo en Pinar del Río. La casa de Enrique es el punto obligado para la travesía.
Él nació aquí y dice que “después de 1959 es que se comenzaron a buscar los datos que figuran en la historia. “Anteriormente a nadie le interesaba lo que hubo aquí, no había ná de ná, que, si es ahora, asegura, se podía haber hecho la biografía de Benigno y rescatado el lugar”.

Mientras caminamos de regreso a la Finca Integral de Enrique pienso en el sufrimiento de tantos hombres que atravesaron el Atlántico para llegar hasta aquí, encadenados y vejados por el color de su piel para ser vendidos como fuerza de trabajo. También hubo tráfico de niños esclavos.
Sitios en internet refieren que la última excavación realizada en el lugar fue en 1997. Los especialistas del Museo Provincial de Historia de Pinar del Río extrajeron tres cráneos “uno de ellos con dos molares enchapados en oro y características negroides”. Los investigadores han llegado a la conclusión que en el cementerio existen enterramientos de diferentes épocas.

Pancho Marty como se le conocía al dueño del cafetal, tenía negocios de pesca con la que disfrazaba el contrabando. Era protegido por el capitán general de la Isla Don Miguel Tacón. Fue el dueño del Mercado de Tacón en la Habana y junto a sus protectores construyó el teatro de igual nombre.
En su fortuna figuró una flotilla de barcos, edificios y casas. El 4 de marzo de 1866 fletó una expedición con quinientos esclavos a bordo hacia Pinar del Río y fue denunciado, el gobernador de entonces, Dulce, ordenó apresarlo. En mayo de ese año en medio del proceso judicial murió. Pasó a la historia como uno de los hombres de mayor caudal e influencia de su tiempo a pesar de ser un traficante.

Vestigios de una época
Las ruinas del Cafetal El Carmelo, el cementerio y el crematorio deben ser conservados. En cada piedra hay vestigios de una época que ilustran una de las mayores tragedias humanas que se conocen: la esclavitud y el comercio de esclavos como una de sus manifestaciones.
Si algo tenemos de esos hombres que están en el abono de esta tierra es el espíritu de rebeldía y el amor a la libertad.
Se trata de una ruta como un libro en el patio de la casa de Enrique, el campesino que sabe la historia y la transmite con la modestia de su carácter y la fuerza de su sensibilidad. Al despedirnos me dijo: y todo terminó en 1968 cuando Carlos Manuel de Céspedes les dio la libertad a los esclavos.